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Más albañiles en mi cama

Más albañiles en mi cama
Esa noche estaba en mi cama, acostada boca arriba, desnuda.
Entre mis piernas abiertas al máximo estaba la cabeza de mi marido; que había regresado de su viaje con muchas, muchas ganas de cogerme con todo.

Ahora sentía su sedosa lengua dentro de mi concha, que me estaba volviendo loca de placer, mientras mi clítoris se inflamaba cada vez más y más…

El placer que me daba Víctor me hacía olvidar ese incidente de un par de días atrás, cuando ese bruto albañil que trabajaba en la construcción vecina había entrado a mi casa, para darme una cogida infernal en mi propia cama…

Cerré los ojos y me dejé llevar por los deseos de mi marido. Me hizo tumbar de lado, dándole la espalda y sentí que me abrazaba desde atrás. Su enorme verga se apoyó entre mis labios vaginales bien humedecidos y entonces, con mucha urgencia, me penetró con ganas…
Víctor comenzó a jadear como si estuviera corriendo una carrera; nunca lo había escuchado gemir de esa manera. Sus manos subieron a mis tetas y sus dedos acariciaron mis pezones erectos.

Sentí que me bombeaba con más ímpetu del usual; abrí la boca para gritar, pero entonces una mano sobre mis labios me lo impidió. Giré mi cabeza y me encontré a uno de esos albañiles sucios de la construcción vecina.
Su verga dura entraba y salía de mi cuerpo y el tipo me sonreía mientras me estrujaba las tetas y me sacudía a cada embestida…

De pronto él dejó escapar un grave aullido gutural y pude sentir que se vaciaba dentro de mi concha. Su semen hirviente me provocó cierto ardor en el fondo de mi vagina.
Apenas se salió de mi concha; alguien apartó a ese hombre con un brusco empujón. Era mi ya bien conocido albañil sucio, el de la camiseta siempre amarillenta de sudor; quien ya tenía su verga bien erecta en su mano.

Intenté levantarme para escapar, pero sus gruesas garras me atraparon casi en el aire y me voltearon de espaldas sobre la cama.
Sin darme tiempo a nada, el tipo se montó sobre mi pecho y en un rápido movimiento me hundió la gruesa punta de su verga entre mis labios rojos. Me hizo ahogar, pero su peso me aplastaba contra la cama y no podía quitarme esa mordaza de mi garganta.

En ese momento pude hacerme una idea de lo que ocurría. Los demás albañiles estaban en la habitación, rodeando la cama. Los otros dos que todavía no me habían tocado también estaban desnudos y amasándose sus duras pijas, mientras observaban a su jefe disfrutar de mi cuerpo.
También pude ver a mi esposo; lo habían amarrado a una silla y tenía la boca amordazada con mi propia tanga.

El más joven de los hombres se ubicó detrás de Víctor y tomó la verga dura de mi esposo con una mano. Comenzó a hacerle una paja, mientras le murmuraba al oído que yo era una tremenda puta calienta vergas y que ahora entre todos me darían lo que andaba buscando…

Víctor gruñó a través de la mordaza y varios de los tipos se rieron a carcajadas, gritándole que era un pedazo de cornudo.

Mientras la verga de ese bruto seguía hurgando en mi garganta, un par de gruesos dedos intentaban penetrar mi entrada trasera.

De pronto sentí que alguien alzaba mis piernas y apoyaba mis tobillos sobre sus hombros, levantando mi trasero en el aire. Y entonces un agudo dolor me hizo comprender que me estaban metiendo una muy gruesa verga entre mis labios vaginales.
No podía gritar, con mi boca llena por la pija del otro bruto.

Esa verga en mi garganta comenzó a volverme loca, sumada a la que me estaba invadiendo la concha. Me hizo gemir y de repente mis manos libres subieron por el torso de ese hombre sudoroso y mugriento, arañando su pecho con mis uñas afiladas.
El tipo aulló y de pronto se vació dentro de mi boca. Me tapó la nariz con sus dedos, obligándome a tragar todo ese semen, para no ahogarme…

Después desmontó de mi pecho y comenzó a acariciarse la verga para endurecerla otra vez; mientras esperaba pacientemente que su colega terminara conmigo.
Ahora pude ver quién era el que me estaba cogiendo de manera tan salvaje: un paraguayo bastante feo; pero con una pija enorme.

Enseguida acabó, llenándome la vagina de semen, pero sin darme tiempo a acabar a mí.
Me la sacó y se quedó disfrutando de su obra maestra: mi concha rebalsando de su leche. Pero enseguida el otro bruto reclamó su lugar…

El tipo subió a la cama y me tomó por los tobillos; haciéndome girar boca abajo. Adiviné sus intenciones y le supliqué que no me diera por el culo: iba a destrozarme con el tamaño de su pija tan gruesa.

Pero el hijo de puta se rio a carcajadas y dijo que a mí me gustaba ser cogida bien duro y entonces duro lo tendría…

Me separó los cachetes con una mano y escupió sobre su propio glande. Después intentó clavarlo de golpe en mi estrecho ano…

Dejé escapar un agudo aullido de dolor y volví a suplicarle que dejara en paz mi pobre culo. Pero entonces redobló su embate y pronto lo sentí hundirse más profundo dentro de mi estrecho ano.

De a poco esa tremenda pija fue enterrándose cada vez más, mientras sus dedos comenzaban a hurgar entre mis labios vaginales empapados, buscando acariciar mi clítoris.
Esta vez me hizo acabar y grité mi orgasmo como una verdadera perra en celo, aullando y debatiéndome entre el dolor y el placer.

Mi orgasmo pareció motivarlo, ya que aceleró sus embestidas en mi culo y pronto también ese tipo aulló, mientras me dejaba el ano lleno de leche tibia.

Todavía faltaba el cuarto hombre; el mismo que le había hecho a mi esposo una paja, mientras sus amigos me cogían con tanta dureza. Cerré mis ojos al notar que ese tipo subía a la cama. Me imaginé que iba a querer aprovechar la dilatación de mi ano para poder penetrarlo con facilidad. Pero cuando abrí los ojos, pude ver que ese hombre se estaba haciendo una paja, apuntando su pija para acabar sobre mis cachetes…

Unos segundos después, todo había terminado por fin.

Cerré los ojos, pensando qué iba a decir mi esposo después de haber presenciado todo eso en nuestra propia cama.
De repente, sentí su mano acariciando mis muslos desnudos.

Víctor estaba boca abajo a mi lado, roncando a todo volumen, mientras sus dedos rozaban mi cadera. Miré alrededor y no encontré rastros de esos cuatro albañiles mugrientos.

Sonreí, pensando que mi calentura me hacía imaginar cosas…

Pero entonces sentí un doloroso ardor en mi trasero…

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