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Hijas del Sol Naciente p3

Hijas del Sol Naciente p3
De nuevo fue Makoto quien vino a buscarme. Tras colocarme la correa, me llevó a cuatro patas hasta el salón junto al recibidor. Mi piel empezaba ya a acostumbrarse al contacto con el frío mármol del suelo.

– La princesa Juriko ha vuelto ya, con la hija de una socia de su madre- me dijo, y prosiguió: – la señorita Lydia y la princesa son amigas desde su infancia, así que debes honrar a tu señora mientras ella esté delante. Te tumbarás en el suelo, a sus pies, y no dejarás de adorarla.

Al llegar al amplio salón, La princesa estaba sentada en el mismo sillón del día anterior, descalza, y vestida sólo con una bata parecida a la que le había visto puesta, sólo que ahora en lugar de ser blanca estaba estampada con flores de llamativos colores. Estaba en la misma postura descuidada, infantil, con sus brazos colgando lánguidamente, y la mirada perdida en algún rincón de la sala. En un sillón idéntico, frente a ella, descansaba una chica de su misma edad, unos quince o dieciséis años, que por su aspecto parecía de algún país del norte. Su piel era blanca, mucho más pálida incluso que la de Makoto, tanto que parecía una estatua de cera. Su cabellera ondulada y pelirroja, larguísima, caía por debajo de sus pechos, y sus cejas rojizas apenas se destacaban de una cara de ángel, que parecía la de una virgen del renacimiento, y tenía su misma sonrisa serena y su misma dulce mirada, que partía de unos luminosos ojos verdes. Iba vestida con una falda de cuadros escoceses que llegaba hasta sus rodillas y una blusa blanca con volantes que apenas ocultaba sus pechos. Según la costumbre japonesa, iba descalza. Seguramente aquella muchacha hubiera deseado poder llevar sujetador, pero la ropa interior, considerada antaño como un instrumento de opresión masculina, había desaparecido por completo de los vestuarios, y sólo estaba bien considerada entre las ancianas.

Reparé en la redondez de sus formas, en sus muslos robustos, la voluptuosidad de sus caderas, y en sus brazos regordetes. Sin llegar a estar gorda, la rotundidad de sus curvas le concedía una gran belleza, y aumentaba la impresión de haber sido sacada de un cuadro renacentista, salvo por el detalle de sus cabellos de un vivo color naranja.

Sin esperar a más, Makoto me quitó la correa y se retiró; quedé a solas con las dos muchachitas, e inmediatamente me dirigí, siempre a gatas, a los pies de la princesa Juriko. Rodeando sus piernas con mis brazos, humillé mi cabeza ante ella, y mientras acariciaba sus tobillos sin atreverme a subir mis manos más arriba, comencé a besar apasionadamente sus pies. Le daba cortos besos en los dedos, apretando levemente mis labios cerrados sobre ellos. Después los abría ligeramente y volvía a cerrarlos, recorriendo de esa forma todo el pie. La piel de la princesa era más oscura que la de Makoto, era de color canela; pero era no obstante igual de suave. Sus pies no eran tan alargados y delicados, casi frágiles, como los de Makoto, eran más robustos, más parecidos a los de una niña, y su sabor era delicioso; con el gusto salado de su piel se mezclaba el aroma dulce de un perfume almizclado que llenaba mis pulmones, y el cual yo respiraba a grandes sorbos. Aquella sublime adoración era para mí en ese momento la mayor gloria que hubiera pensado alcanzar. Infinitamente agradecido a mi ama por aquel premio la besaba con ternura, con pequeños besos, sin ceder ante mi deseo de abandonarme a aquel placer maravilloso. Mientras tanto, las dos amigas charlaban amistosamente.

– Tienes un esclavo muy servil. ¿Está contigo todo el día? – dijo Lydia.

– Sí. Le única razón de que lo comprara es para que me adorase durante todo el día.

– No sé si yo soportaría a un hombre todo el día a mi lado.

– ¿Es que tú no tienes un esclavo? ¿Acaso tu madre ya te ha buscado una novia para que te cases y sientes cabeza?

Lydia estaba algo sonrojada. En su pie

l blanca como la nieve, aquel rubor se hacía notar. – No es eso.

– ¿Entonces? – Interrogó la princesa.

– Me da vergüenza hablar de ello… ya sabes, delante de él.

– No te preocupes, no hará nada que yo no le ordene.

– Verás yo… desde que era pequeña… – La señorita estaba más ruborizada que nunca, casi alterada; parecía estar escogiendo las palabras exactas. – Al principio creí que era sólo una fantasía. – Aunque seguía cumpliendo mi labor con diligencia, empecé a interesarme por la conversación. – Mi madre dice que disfrutar del sexo es una obligación como mujeres… Ya sabes que en mi país se llega a la mayoría de edad antes… – Tras dudar unos momentos, la señorita Lydia siguió hablando – cuando cumplí los catorce años mi madre me compró un esclavo. Quería que yo aprendiera rápido, así que me compró uno ya mayor, y experimentado. Durante el primer mes lo usé casi a diario, pero… – La habitación quedó unos momentos en un total silencio. – Juriko, esto es muy embarazoso para mí.

Mi señora estaba extrañada por la actitud de su amiga; sin reparar en mí desde hacía un rato, había abandonado su postura desgarbada y se había incorporado en el sillón. – No tengas vergüenza, Lydia, somos amigas desde que éramos niñas. Sabes que puedes contarme cualquier cosa. – Animada por estas palabras, la angelical pelirroja siguió hablando: – yo no disfruté en ninguna de esas ocasiones, Juriko. A pesar de los desvelos de mi esclavo, no llegué a experimentar verdadero placer. Ni siquiera a solas, masturbándome en mi cuarto, conseguí nunca llegar a conocer el verdadero placer. Hasta que un día… – De nuevo el silencio. – La puerta de uno de los cuartos se había atascado, y ninguna de las sirvientas tenía fuerza… así que llamamos a mi esclavo. De un solo empujón la puerta cedió. El verle desnudo, fuerte, violento; me hizo pensar. Yo era una niña de catorce años, y cada noche dominaba a aquel hombre, le inflingía los más duros castigos, a pesar de que era tan fuerte y tan enorme que podría hacer conmigo lo que quisiese. Con aquel pensamiento me fui a la cama aquella noche, pero no pude pegar ojo. En medio de mi vigilia comencé a imaginarlo desnudo en mi habitación, sujetándome con fuerza las muñecas con una sola de sus manos. Lo imaginé abalanzándose sobre mí, abriendo mis piernas contra mi voluntad… y forzándome con potencia, metiéndome hasta el último centímetro de su pene mientras tapaba mi boca con su mano, impidiéndome gritar para pedir ayuda. Mientras pensaba en ello noté un escalofrío en el muslo. Estaba tan húmeda que mi sexo había empezado a chorrear entre mis piernas. Introduje un dedo en mi vagina, luego otro, y otro más, y lentamente me masturbé, mientras en mi imaginación mi esclavo seguía follándome, y riéndose a carcajadas de las lágrimas que caían de mis ojos. Después él me agarraba por la cintura y me daba la vuelta de un solo empujón, y yo quedaba boca-abajo, intentando salir de la cama, pero el me agarraba y me llevaba otra vez hacia él. Entonces con dos dedos abría la entrada de mi culo, y de una fuerte embestida destrozaba mis entrañas con su enorme verga. En mi fantasía quería gritar, pero no podía, apenas podía respirar. – Paró un momento de hablar, mirando al vacío como si tratase de recordar. – Te lo juro Juriko. En ese momento, con esa imagen metida en mi cabeza, llegué al clímax por primera vez en mi vida. Fue un orgasmo largo, salvaje… húmedo.

Excitado por el relato, yo había intensificado mi adoración, y ahora devoraba los pies de la princesa con largos lametazos, comenzando por los extremos de sus dedos y llegando a los tobillos. El sabor de su perfume resbalaba por mi garganta, pero, absorta en la confesión de su amiga, mi ama apenas notaba mis atenciones para con ella. La señorita Lydia siguió hablando.

– Después de aquella noche, y durante unos días, ya no me acostaba con mi esclavo. En lugar de eso le ordenaba que posase para mí durante todo el día, y por la noche me encerraba en mi cuarto y me masturbaba. Pero pronto aquello dejó de bastarme. Deseaba conocer si sería capaz de realizar mis secretas fantasías. Incluso compré un enorme vibrador, el más grande que pude encontrar. Por

las noches me arrodillaba, con los ojos cerrados, imaginando que lo hacía frente a mi esclavo. Y metía aquel aparato en mi boca, lo chupaba, recorría con mi lengua cada centímetro. Después me imaginaba a mi esclavo poniéndose detrás de mí, y sin piedad me destrozaba el culo con aquella cosa enorme. Ni siquiera sentía ningún placer. Sólo dolor. Pero era eso lo que yo quería; quería sentir cómo mi esclavo me dominaba, como me hacía daño, y me dolía tanto que luego apenas podía sentarme, y tenía que dormir boca-abajo.

– Durante varios días seguí con aquel ritual, hasta que, desesperada, una noche me llevé al esclavo a mi cuarto. Me encerré allí con él, y le ordené lo que debía hacer, paso por paso, hasta cumplir mi fantasía. Lo cierto es que aquello superó todas mis expectativas. A diferencia de cuando me satisfacía yo sola, ahora no podía dejar de penetrarme cuando el dolor era insoportable. A pesar de mis gritos, y por orden mía, mi esclavo seguía sodomizándome, hasta que caía desmallada de dolor. Esa noche me abrió los ojos a un nuevo mundo. Después, mi esclavo pasaba por mi cuarto todos los días, sin faltar ni uno. Y así seguimos durante meses, sometiéndome a castigos cada vez mayores, y así seguiría aún hoy si no fuese por mi madre. Y es que durante las últimas semanas de mi felicidad la situación había llegado a ser extrema. Ya no me bastaba con ser sodomizada, a lo que por otra parte ya me había acostumbrado, y al comenzar a sentir placer con ello perdí interés; ahora pedía a mi esclavo que me diese latigazos, que me quemase con cera, o que me pegase con una regla en las palmas de las manos. Había llegado a conocer nuevos límites de sufrimiento, y pasaba nuestras sesiones retorciéndome y gritando de dolor. Mi madre solía oír los gritos, y empezó a preocuparse. En varias ocasiones me preguntó por ello, pero más o menos conseguía convencerla de que no pasaba nada. Hasta que de pronto empezaron a notárseme las marcas de los golpes… Mamá comenzó a sospechar, y ante su insistencia tuve que deshacerme de él…

La princesa parecía pensativa. – ¿Y desde entonces no has vuelto a estar con un hombre, desde los catorce años?- le preguntó al fin. – No, durante estos dos año sólo me ha quedado la masturbación, pensar en los buenos momentos.- La princesa Juriko siguió hablando: – bien, voy a hacerte un favor. ¿Te gusta mi esclavo, verdad? Pues te lo voy a prestar un rato. Le daré órdenes de que haga contigo lo que quiera. Eso te gustará, ¿no? – La señorita Lydia asintió con la cabeza. – Bien. Además, te voy a enseñar a disfrutar siendo tú la dominanta. – Bajando la vista, se dirigió a mí: – vas a entrar con Lydia en el cuarto de al lado; quiero que le hagas todo lo que tú quieras. ¿De acuerdo? Debes hacerle daño. Cuando entres en ese cuarto, tú eres el amo y ella la esclava, pero con una única condición: después Lydia me contará lo que habéis hecho, paso por paso, y yo te haré a ti lo mismo. ¿Lo has entendido? – Yo estaba algo perplejo. Había estudiado en la escuela algo sobre ese tipo de desviaciones femeninas, sobre mujeres que se someten a los hombres. Según los libros era una conducta aberrante, y las mujeres que la practicaban unas enfermas. Me sorprendió que mi ama fuese tan abierta con ese tema, y mucho más que se prestase a participar en ello. No obstante, y a pesar de mi educación masculina tradicional, debía obedecer sus deseos, así que le contesté: – si ama, gracias, ama. – E inmediatamente acompañé a la señorita Lydia al cuarto que mi señora me había indicado, la dejé pasar delante de mí y cerré la puerta.

Salimos de allí pasadas dos horas. Abrí la puerta para que ella saliera, y lo hizo desnuda y cabizbaja, sonrojada, y sin atreverse a mirar a la princesa. Además, caminaba con dificultad. Mi señora se levantó inmediatamente, se acercó a ella, la rodeó con sus brazos y besó su mejilla. – ¿Lo has pasado bien? – La señorita Lydia sólo asentía con la cabeza, sin atreverse a decir nada. Mi señora siguió hablando. – Estas sudada, y sucia. Ven, te vas a dar una ducha, y a contarme lo que ha pasado ahí dentro. En cuanto a tí, esclavo, vete a asearte para mí

;.- me dijo, a lo que contesté, – si ama.

A la media hora las dos jovencitas volvieron al salón, y la princesa me dijo:

– Bien, esclavo. Como te advertí, ahora me toca a mí hacerte lo mismo que has hecho con Lydia. Ten, ponte su ropa.- y me arrojó la falda escocesa y la blusa blanca con volantes. Inmediatamente me puse aquella ropa; aunque me quedaba ridícula, la princesa parecía complacida. Siguió hablando: – bien, pasa al cuarto, y tú, Lydia, entra detrás de mí, quiero que veas lo que va a pasar ahí dentro.-

Entré el primero por la puerta, después mi ama, y al final la señorita Lydia. A partir de ese momento, mi señora se limitó a repetir punto por punto, imitándola hasta el más ínfimo detalle, la actuación que yo había representado dos horas y media antes, mientras la pelirroja se sentaba cómodamente a observar en un butacón situado en una esquina. Así, con violencia, mi ama me empujó sobre la cama, y sujetando mi brazo derecho sobre mi espalda, me arrancó la falda de cuadros, y comenzó a manosearme lascivamente el culo mientras jadeaba. Cuando se cansó de esto, tomó el fino cinturón de cuero de la falda, y sosteniéndolo doblado en su mano me azotaba con él los glúteos; cada cierto tiempo paraba para manosear mi piel enrojecida, y podía sentir sus dedos humedecidos con saliva pasar entre mis glúteos, y después notaba las yemas de sus dedos violándome brevemente, entrando y saliendo juguetonamente. Luego seguía dándome azotes, hasta que mi trasero estuvo completamente rojo.

Después me dio la vuelta y de nuevo me empujó sobre la cama. Entonces comprendí sorprendido que estaba desnuda. Sólo una vez había tenido el enorme privilegio de ver a alguna de mis amas desnudas (a la anterior a la princesa), así que no daba crédito a mis ojos, que recorrían de arriba a abajo su cuerpo de quinceañera, tan distinto al de Makoto, mientras acababa de quitarme la ropa. Su piel era color canela oscura, muy diferente de la apariencia cérea de la de aquella. Sus senos, aún sin desarrollar por completo, eran redondos y firmes, coronados por dos pezones oscuros perfectamente redondos. Su sexo también era completamente diferente, y en lugar de la espesa mata de vello en el pubis de Makoto, la princesa lucía unos pelos largos, poco tupidos, de apariencia suave, que ocupaban una franja rectangular que se extendía desde su pubis, a lo largo de sus labios vaginales, acababa allí, dando lugar a un pequeño tramo de piel lisa hasta su ano maravillosamente estrecho, algo más oscuro que el resto de su piel.

Para mi total estupor, y siempre imitándome, mi ama saltó sobre mí, y tomando mi pene con su mano lo introdujo en su sexo. Después, con un movimiento frenético, empezó a hacerme el amor, penetrándose violentamente, introduciendo cada vez todo mi pene en su interior, golpeando mis testículos con la piel entre sus piernas mientras yo enloquecía de placer. Aquella era la primera vez que penetraba a una mujer con mi pene, algo completamente anormal dentro de la moral tradicional, y no podía creer que fuera precisamente aquella muchacha de quince años, casi una niña, la que se atreviese a tanto con un esclavo, y mucho menos delante de una amiga. Sabía que la princesa nunca había tenido una novia; pensé en qué diría su madre, o su futura esposa, de saber que había perdido la virginidad con un hombre, pensé en qué mujer se sentiría a gusto haciendo el amor con ella, excitando su sexo, si sabía que en él había entrado alguna vez un pene. Aquello duró sólo unos treinta segundos; incluso había estudiado los detalles sobre cuánto tiempo había estado con la señorita Lydia.

Después se separó de mí unos instantes, y rápidamente se colocó un consolador de cintura, igual al que había usado el día anterior Makoto, pero algo mayor. Se puso frente a mí sentada sobre sus talones, y me hizo acercarme a ella, y colocarme tumbado boca arriba, con las rodillas dobladas y las plantas de los pies sobre la cama, con el culo apoyado en sus muslos. Entonces, inclinándose sobre mí, me introdujo todo su fingido pene de un solo y certero golpe, el cual se deslizó cómodamente hasta el fondo de mi recto. Con un suave bombeo, la princesa Juriko comenzó a darme por el culo, desde delante, mientras yo miraba sus ojos castaños.

Aquella caricia era sorprendentemente placentera. A pesar de su corta edad, sus movimientos eran muy expertos, mucho más que los de Makoto; tan expertos, que aquel consolador entraba y salía de mí sin dificultad, y no notaba ningún escozor, sino tan solo un intenso dolor cuando entraba hasta el fondo, debido a su longitud. Era un movimiento tranquilo pero continuado, que excitaba cada terminación nerviosa. Casi sin darme cuenta, a los pocos minutos tuve un profundo orgasmo, largo y cálido, cuyo fruto se derramó sobre mi pecho y mi cuerpo. No obstante, el tiempo no se había acabado aún, y mi dueña siguió con aquello, mientras limpiaba mi pecho con la sábana, hasta cumplido el plazo que la señorita Lydia le había indicado.

Después se levantó, y se puso de pie sobre la cama, obligándome a ponerme de rodillas. Entonces, sujetando mi cabeza con su mano izquierda por la nuca, dirigió la punta del consolador a mis labios, y empujó hacia dentro, hasta que sentí el suave latex en mi garganta. Y así empezó a hacerle el amor a mi boca, con los mismos movimientos suaves y rítmicos con que me había sodomizado. De vez en cuando lo sacaba de mi boca, y deslizaba su mano arriba y abajo haciendo como si se masturbara, para luego volver a introducir aquel aparato en mi boca.

Pasados unos veinte minutos dejó aquello. Luego, lentamente, empezó a agacharse, hasta quedar de rodillas frente a mí; empujó mi pecho hacia atrás, y pude sentir la palma de su mano, ardiente, sudorosa. Yo me dejé llevar hacia atrás, y quedé tumbado sobre la cama. Entonces la princesa Juriko se inclinó sobre mi cuerpo, retrocediendo siempre con suavidad, con movimientos felinos, hasta quedar su cara tan cerca de mi sexo que podía sentir su aliento quemándome. Abrió su pequeña boca, dejando la punta de mi pene atrapada entre sus labios carnosos. Suavemente empujó su cabeza hacia adelante, hasta quedar su boca completamente llena, a la vez que su lengua rozaba en círculos mi verga. Desde luego no era la primera vez que mi ama hacía aquello. No me sorprendía. La felación era una práctica bastante aceptada y extendida como premio a los esclavos por sus servicios, siempre y cuando éstos no derramaran su semen en la boca de sus dueñas. Algunas de mis anteriores amas ya habían practicado conmigo, pero con ninguna de ellas había sentido nada parecido a lo que aquella niña de quince años me hacía experimentar. La princesa era toda una experta en aquel arte, y cada vez que bombeaba mi pene con su boca, rozando mi glande con sus labios húmedos y calientes una descarga eléctrica recorría mi espalda. Una vez dentro de ella podía sentir su calor, la humedad de su saliva, pero al extraerme el contacto de mi polla mojada con el aire me producía un delicioso escalofrío que recorría mi cuerpo.

Tan bien manejaba la princesa su boca que a los pocos minutos, y a pesar de haberme corrido ya antes, un nuevo orgasmo sacudió mi pelvis, y mi semen salió de mí con cuatro grandes impulsos. Tampoco ante esto se arredró mi dueña, que en lugar de sacar mi pene de su boca lo seguía devorando apasionadamente, hasta tal punto que ví como mi esperma se desbordaba por las comisuras de sus labios, cerrados en un estrecho círculo en torno a mi polla, que empezaba ya a relajarse.

La princesa, con la boca cerrada, se separó de mí, y acercándose a gatas sobre mi cuerpo, acercó sus labios a los míos hasta que éstos se tocaron, y nos fundimos en un cálido beso, y mientras mi dueña entreabría mis labios con los suyos propios, una oleada de semen comenzó a entrar en mi boca ayudada por su lengua, que se movía dentro y fuera bombeando aquel precioso líquido cuyo sabor todavía permanecía en mi memoria tras el encuentro de la noche anterior con Makoto. Aquella sustancia espesa y cálida resbalaba ya por mi garganta, una vez vaciada de la boca de mi ama. Cuando la hube tragado, ella siguió con su beso profundo, y nuestras lenguas se rozaban la una a la otra, tratando de atraparse. Entonces pasé la mía por todo el interior de la boca de la princesa: por el paladar, por la parte interior de los carrillos, bajo su lengua… y sólo cuando no quedó ni una gota de él separamos nuestras bocas.

Entonces se colocó de nuevo de rodillas sobre mi cuerpo, y me miró a los ojos con una sonrisa apenas perceptible dibujada en sus labios infantiles. Lentamente dirigió la

mano derecha hacia su pubis, y empezó a acariciarlo sin piedad. Con sus dedos índice y medio separó sus labios, que dejaban ver la rojez de su vulva. Abrió los dedos aún más, y la entrada a su vagina quedó al aire como un maravilloso túnel cuya humedad pugnaba por escapar al exterior de su cuerpo.

Después, con una risa leve, que apenas se dejaba oir, la princesa me hizo una maravillosa lluvia dorada, moviendo musicalmente su cuerpo al tiempo que su orina caía sobre mi pecho, escurriendo por mi vientre hasta mi pene y mis testículos depilados. Mientras mi ama vaciaba su vejiga introdujo un dedo en mi boca, recorriendo con él su interior, y empezó a aceracar su cuerpo a mi cara, describiendo círculos con el reguero de orina que salía de su cuerpo, más y más cerca de mi cara, hasta que por fín se detuvo y acabó su lluvia sobre mi barbilla. Después, con un movimiento brusco, se abalanzó sobre mí y dejó sus glúteos sobre mi boca, de forma que su estrecho ano quedó en contacto con mis labios.

Y así empezó a restregar su culo sobre mi boca, mientras yo lo acariciaba apasionadamente con mi lengua. Podía paladear el sabor de su flujo, que por abundante había escurrido por su piel e inundaba todo aquello por debajo de su cintura, lubricando la entrada a su ano. Poco a poco aquel agujero estrecho se fue ensanchando, hasta que al fin, sin poder resistirme, formé una ventosa con mis labios y aspiré. La delicada piel de la princesa Juriko se volvía más y más elástica a cada momento, y su ano era ya un gigantesco túnel en el que pude introducir mi lengua, moviéndola allí dentro desesperadamente.

Por su parte la princesa estaba ya al borde del éxtasis, y tras unas breves caricias en su abultado clítoris estalló en un nuevo orgasmo que provocó una oleada de líquidos que caían hacia mi boca. Después se apartó de mí lentamente, y se recostó en la cama.

Agotados por el cansancio, descansamos unos minutos, y mi ama me preguntó:

– Sabías que ibas a recibir el mismo castigo que la señorita Lydia, y sin embargo has sido muy duro con ella. ¿Por qué?

– Me ordenaste que no tuviera piedad, ama. Yo sólo he obedecido tus deseos.

– ¿Y si no te lo hubiera ordenado, si te hubiera dejado hacer lo que hubieras querido? Contesta

– También lo habría hecho, ama.

– ¿Por qué?

– Porque deseaba esto, ama.

La princesa parecía complacida. Tras un breve silencio, continuó hablando. – Mereces un premio – dijo. – Y acabo de recordar que hoy no has recibido tu castigo. Seré yo misma quien te azote. ¿Estás contento? – preguntó. Sin dudarlo un momento, respondí: – si ama. Eres muy generosa.

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