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Piso de estudiantes. Cornudo y humillado.

Piso de estudiantes. Cornudo y humillado.
Tras reconciliarnos, Ana y yo nos fuimos a vivir juntos a un pequeño piso de estudiantes. Para entonces ya le había confesado que quería ser su novio cornudo y ella estaba encantada con la idea (leer: Mi confesión, cornudo sumiso). Esta nueva etapa de nuestra vida nos dio una libertad absoluta para explorar nuestras fantasías.

Casualmente en esa época se puso de moda los diseños con motivos de ciervos y cuernos de ciervo. A Ana y a mí nos gustaban bastante y lo tomamos como un símbolo de nuestra relación, así que decoramos la casa con varias láminas y cuadros. Incluso a Ana se le ocurrió poner un vinilo enorme con forma de cuernos de ciervo justo encima del cabecero de la cama.

Ana se había cambiado de carrera así que, aunque los dos seguíamos en la misma universidad, ya no íbamos juntos a clase. Eso nos ayudó a ampliar nuestro círculo social. Pese que nunca hicimos claramente pública la clase de relación que teníamos, a los dos nos gustaba mucho jugar a exponer nuestra condición como puta y cornudo. Nos excitaba que la gente se pudiera enterar y que empezaran a circular rumores, sobre todo entre nuestros círculos cercanos como amigos o compañeros de clase.

Con el comienzo del curso, empezamos a salir de fiesta todas las semanas, muchas veces los dos solos. Tener la casa para nosotros nos dió muchísima libertad. La mayoría de ocasiones íbamos a algún pub donde Ana bailaba y tonteaba con otros tíos mientras yo me hacía a un lado y observaba atentamente. Rara vez pasábamos de ese punto, pero a ambos nos bastaba eso para ponernos a cien y follar como locos más tarde en casa.

Tras unas semanas, un jueves universitario, decidimos salir con un grupo de amigos. Precisamente eran los amigos que fueron testigos de “mis patéticos primeros cuernos” (leer relato). Aunque eran conscientes de aquel episodio, nadie del grupo sospechaba la verdad de nuestra relación. Simplemente pensaron que tras el “desliz” de Ana, yo le había perdonado. No obstante, salir con ellos nos daba ese morbo en el que se nos intuía como puta y cornudo.

Ana y yo no queríamos forzar la situación por si alguien se sentía incómodo, así que esa noche nos dijimos que solamente nos dejaríamos llevar y ver que pasaba. Todo fue tranquilamente, hasta que el grupo se separó en dos, chicos y chicas, así que me despegué de Ana por un rato. Pasó el tiempo y el grupo se reencontró dentro del pub, todos menos Ana. Enseguida me empezó a hervir la sangre, me entró la sospecha. Pregunté a las chicas – ¿Dónde está Ana? – A lo que una me respondió tras unos segundos incómodos – Creo que está fuera fumando -Me empecé a acelerar y me fui con paso rápido hasta la salida. Durante esa marcha, pensando que ya no las oía, otra amiga añadía “fumando un ‘puro’ ” y el grupo estalló en carcajadas. En ese instante mi corazón se estremeció, pensar en cómo la sombra de mis cuernos se extendía sobre mi círculo social me puso a cien. Se me puso tan dura que era evidente el bulto en mis pantalones.

La calle era bastante estrecha, solo contaba con un carril y una fila de coches aparcados en frente de la acera del local. Había varios grupitos de gente bebiendo, fumando y hablando a su aire. De repente, otro grupito que estaba de paso empezó a jalear a una pareja que se encontraba a unos cuantos metros del pub, en la pared del edificio de enfrente – !Ahí, ahí, dale duro! – gritó uno mientras se marchaban entre risas. Al fijarme en la pareja descubrí rápidamente que era Ana enrollándose con un chico bastante alto. Mi pene empezó a humedecerse tanto que noté cómo empapaba mis calzoncillos. Me acerqué para ver mejor sin cruzar de acera y manteniendo cierta distancia. Ana estaba apoyada con la espalda en la pared y una pierna subida, lo cual le alzaba el vestido ceñido y corto que llevaba, dejando intuir su coño. No lo pude ver bien, pero parecía que no llevaba bragas. Al ser más alto, el tipo estaba algo reclinado sobre ella y se apoyaba con un brazo en la pared por encima de ella. Entonces vi como Ana agarró su otro brazo para colocarle la mano en el coño. En ese momento el tío empezó a meterle los dedos. Sin parar de liarse con él, Ana abrió los ojos y me vió. Yo seguía allí plantado de pie viendo todo y sin mover un músculo. Ana soltó su brazo y sutilmente me hizo la señal de los cuernos con la mano. En ese instante creía que me corría. Al ver que no reaccionaba, Ana dejó de besar al chico para sacar su móvil del pequeño bolso que llevaba. Vi como empezaba a escribir mientras el tipo no paró de meterle mano al coño. Al instante me llegó un mensaje, saqué mi móvil – ve a casa – ponía. Ana empezó a enrollarse con el chico de nuevo. Sin dudarlo empecé a caminar.

De camino a casa parecía que fuera borracho, incluso me mareé y tuve que parar unos minutos para tomar aire. Me temblaba todo, tenía la adrenalina disparada a tope. No paraba de darle vueltas a todo. En un momento de claridad recordé las cosas que había hablado con Ana. No es que tuviéramos un plan cerrado, pero habíamos fantaseado en cómo hacerlo. Nuestra casa tenía dos habitaciones enfrentadas puerta con puerta, separadas por el final de un estrecho pasillo. Fantaseamos que mientras Ana me ponía los cuernos yo podía estar en la habitación de enfrente viendo a oscuras. Retomé la marcha a casa, esta vez con más rapidez y firmeza.

Al llegar a casa, las láminas de los ciervos me recibieron. “Ahora si seré un más, un cornudo de verdad” pensé. Sin perder el tiempo me metí en la habitación de enfrente del dormitorio, en la que teníamos un pequeño sofá. Allí me quedé esperando hasta que recibí otro mensaje en el que ponía “llegamos”, era Ana avisándome. Entonces apagué la luz de la habitación y junté la puerta sin cerrarla del todo. En pocos minutos oí las llaves y como se cerraba la puerta de entrada. Yo me levanté y me amagué un poco, ya que casi se podía ver el sofá desde fuera. Entonces oí desde el comedor:

No traigo condones. – Dijo el chaval. Confirmar que Ana lo había traído a casa de verdad, me erizó la piel y me heló el corazón. Parecía que ya no había vuelta atrás.
No te preocupes, no pasa nada. – Tras unos segundos Ana añadió – Espera aquí un momento.

Ana me sorprendió entrando en la habitación encendiendo la luz. Ella parecía saber que estaba ahí ya que no se inmutó. Dejó su bolso en el sofá y se acercó a mí quedándonos de pie, cara a cara y en silencio. Nos miramos un instante a los ojos. Posó su mano sobre mi pene por fuera del pantalón, como si quisiera comprobar que estaba erecto, y así era. Seguidamente me hizo un gesto como si se levantase una camiseta ficticia. Entendí que me quería desnudo y seguí sus órdenes. Una vez me encontré desnudo ante ella se dió la vuelta y señaló la cremallera de su vestido. Le ayudé a quitárselo, así lo hice también con el sujetador. Al quitarle el vestido confirmé que no llevaba las bragas. Por último, levantó ligeramente un pie como señal, yo me puse de rodillas y le quité los zapatos con aguja que llevaba. Ahora estábamos completamente desnudos los dos, ella de pie y yo arrodillado ante ella. Al momento, de su diminuto bolso, sacó sus bragas y me las dió en la mano. Después de eso, salió al pasillo no sin antes girarse para cruzarme una última mirada, apagar la luz y dejar la puerta casi cerrada.

Ven – Le dijo Ana al chico desde el pasillo.
¿Ya estás así? – Preguntó sorprendido el chaval al verla completamente desnuda.

Ana esperó a que el chico entrara en el dormitorio, no sin antes dejarse meter mano y enrollarse con él brevemente en el pasillo. Entró detrás de él dejando la puerta del dormitorio completamente abierta y apagando todas las luces excepto la tenue luz de la mesita de noche.

Yo me acerqué todo lo que pude a la puerta de la habitación en la que me encontraba. La mínima apertura me permitía ver gran parte del dormitorio y ocultarme al mismo tiempo. Por desgracia, el marco de la puerta del dormitorio me impedía ver por completo uno de los laterales de nuestra cama. Allí me quedé, completamente desnudo, apoyado con mi espalda en la pared lateral, sosteniendo mi pene con una mano y las bragas de Ana con la otra.

Ana se sentó en el lateral de la cama, el más cercano, que podía ver. El chico seguía de pie y vestido enfrente de ella. Sin decir nada, Ana le desabrochó el pantalón y, sin bajarselo del todo, sacó su enorme polla de los boxers que llevaba. Empezó sacudirsela mientras se ponía cada vez más dura. Acto seguido, se la metió todo lo que pudo en la boca y empezó a chupársela enérgicamente. Detrás de ellos, sobre el cabecero de la cama vi parte del vinilo de la pared. Sentí como si esos enormes cuernos salieran de mi mismo. Mi corazón se aceleró tanto que pensaba que me iba a estallar. En ese momento solté mi pene por qué me iba a correr.

Con la polla ya a tope el chaval empezó a desnudarse. Ana dejó de chuparsela para ayudarle. Los dos estaban ansiosos. De un empujón, el tío dejó a Ana tumbada en el borde de la cama. Con la misma virulencia levantó sus piernas para dejarlas apoyadas sobre sus hombros. Ya estaba ahí, Ana iba a ser penetrada por otro y yo, al verlo, estaba tan cachondo que no cabía en mí mismo.

Los gemidos de placer de Ana parecían más altos y más reales que cuando lo hacía conmigo. Desde mi habitación podía oír el choque de las brutales embestidas que le daba, sonando cada vez más húmedas y contundentes; parecía como si quisiera partirla en dos mientras ella lo pedía a gritos. Entre gemido y gemido Ana no paraba de repetir: “dios, tu polla”.

Tras un buen rato, Ana le dijo “ponme a cuatro patas”. El chico soltó las piernas de Ana. Ella se dio la vuelta y, sin dejar el borde de la cama, se apoyó sobre sus rodillas, y con las manos. Él la penetró con tanta virulencia que Ana se sobresaltó, pidiéndole clemencia. Aún así podía oír como los golpes húmedos y penetrantes que recibía el coño de Ana se intensificaban. Tras unos minutos en esa postura, Ana empezó a gemir muy intensamente. ‘Dios me corro… me corro’ Ana estaba gozando como nunca, mientras él le daba su merecido. En ese momento empecé a masturbarme de nuevo. Estaba tan cachondo que apenas duré unos segundos hasta estallar de placer. Apreté los labios para no gemir e instintivamente puse la otra mano con las bragas de Ana en la punta de mi pene. Al segundo las había llenado con mi semen. Justo en ese momento el chico se corrió dentro de Ana, entre gritos y jadeos.

Los tres estábamos exhaustos. Tras correrme me dejé caer lentamente por la pared para no delatarme. Me separé un poco de la puerta por si acaso, y me quedé tumbado, desnudo, con las bragas de Ana empapadas de mi semen, mientras mi pene se tornaba flácido. En ese momento oí a Ana.

No te puedes quedar – le dijo al chico con un tono arisco.
¿por qué? – le respondió el chaval.
Mi novio va a venir ahora.

El chico parecía indignado por aquella situación, aunque no entendí muy bien porque. Finalmente, tras escuchar algunos ruidos y parte de la conversación, al momento escuché un portazo en la entrada de la casa. Me quedé dudando unos segundos. Entonces oí a Ana, llamándome desde nuestra habitación, me levanté y entré.

Vi a Ana aún desnuda, tumbada en la cama completamente exhausta. Pude ver como de su coño aún abierto brotaba el semen del chico, como si hubiera llenado completamente su cuerpo. Me quedé observando, de pie, desnudo, con las bragas de Ana en la mano y en silencio. Ella me miró a los ojos, intentando descifrar cómo me sentía. Yo volví la mirada a su coño, que aún no podía creer que estaba lleno del semen de otro hombre. Ana se señaló el coño. – No se va a limpiar solo – Me dijo con tono autoritario. Esas palabras me sentaron como una puñalada.- No te pongas orgulloso ahora, ponte las bragas y límpiame – Siguió insistiendo. Aquella situación humillante me volvió a poner a cien.

Las bragas de Ana me estaban tan prietas que apenas me las pude subir. Al hacerlo sentí la humedad de las manchas de mi semen sobre mi propio culo. Ana esbozó una sonrisa y volvió insistir señalandose el coño. Finalmente cedí a su orden. Empecé a comerle el coño como solo yo sabía. – No te dejes nada- Me dijo. El sabor del semen era algo totalmente nuevo para mi. Pensar que su enorme polla había estado dentro de ella hacía nada me hacía sentir como si estuviera en mi propia boca. Me sentía completamente humillado, mientras Ana disfrutaba con todo ello y gemía de placer. Finalmente Ana terminó corriendose mientras yo tragaba hasta la última gota del semen del tío.

Tras aquello Ana y yo hablamos de lo ocurrido. Me explicó que ya conocía al chico que se había follado delante de mí. Era uno de los tipos que se había follado previamente mientras no estábamos juntos. Yo le conté el placer que sentí por toda aquella humillación. Estaba claro que a ella también le excitaba humillarme y dominarme de esa manera. De hecho más adelante empezamos a explorar nuevas formas para continuar nuestra fantasía y llevarlas a nuevos grados

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