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La Urbanizacion

La Urbanizacion
Este verano, Carlos, mi pareja y yo, Antonia, nos hemos ido de vacaciones a Vera en Almería. Queríamos haber ido a un apartamento en el área nudista, pero cuando nos pusimos a alquilar alguno ya era demasiado tarde y el que encontramos estaba en una urbanización textil. Tampoco es que nos importara demasiado, ya que con andar doscientos metros por la playa estábamos en el área nudista.

Yo tengo ahora unos cincuenta años y me conservo bastante bien. Alta, resultona de cara, con el mismo perfil de Julia Robert según me dicen mucho, una tetas hermosas, ya un poco caídas, con unos pezones siempre enhiestos y una barriguita que es mi lucha permanente. Carlos es ocho años mayor que yo, de mi misma altura y canoso. Se mantiene bien, al menos de fachada, no me explico cómo.

La urbanización en la que alquilamos estaba bastante bien, los apartamentos se situaban en forma de U alrededor de un jardín con la piscina, todos más o menos mirando al mar, que estaba al final de la urbanización. Desde la terraza del apartamento se veían el resto de terrazas, por lo que la nuestra también era visible desde las otras.

Carlos y yo tenemos la costumbre de ir desnudos dentro del apartamento y también lo estaríamos en la terraza, pero como la urbanización era textil no queríamos tener problemas con el resto de vecinos o con algún vecino remilgado.

Yo bajaba a la playa por la mañana o por la tarde, según pudiese. Me desplazaba hacia la zona nudista y tomaba el sol desnuda, que es uno de mis mayores placeres. A media mañana o tarde me subía. Carlos se quedaba en el apartamento leyendo, trabajando un poco o escribiendo relatos guarros, de esos que tanto os gustan.

Cuando subía de la playa por la mañana tomábamos una cerveza y comíamos en el apartamento o en la calle, según nos apeteciera. Después de comer nos echábamos la siesta y cuando nos despertábamos follábamos un rato, haciendo tiempo para la cena.

Vamos, que hacíamos una vida de lo más tranquila para reponernos del largo e intenso año de trabajo.

Una tarde, después de llevar follando un rato, me dijo Carlos:

– Creo que tenemos una amiguita mirona.

– ¿Por qué lo dices?

– Me parece haber visto a una chica con unos prismáticos mirándonos.

– Con unos prismáticos y todo, ¡joder que fisgona! –Le dije-.

– Quédate en la cama, que voy a ver si la pillo por la terraza.

Carlos se levantó medio empalmado, se lió una toalla y se fue hacia el salón, por donde se salía a la terraza. Volvió al rato.

– Efectivamente, no quita ojo de la ventana del dormitorio –me dijo cuando volvió al dormitorio-.

– Déjala, túmbate y vamos a calentarla un poco. Que se haga un dedo a nuestra salud.

– ¡Qué marrana eres! Pero la verdad es que a mí también me produce morbo que nos vea follar. Si no quiere ver, que no mire y menos con prismáticos. –Me contestó-.

– ¿Te imaginas que nos grabara y saliéramos en alguna página de porno casero?

– Más morbo me da todavía.

– ¿Quieres que te de una mamadita? –Le dije, sabiendo cual iba a ser su respuesta-.

– Alguna vez te he dicho yo que no a esa pregunta.

Carlos y yo ya habíamos tenido alguna experiencia de que nos espiaran cuando estábamos follando y nos había producido mucho morbo. No es la misma sensación de cuando haces un intercambio o follas en grupo, es mucho más morbosa, porque al otro lado hay un mirón solitario que se va calentando y masturbando mientras observa lo que tú haces.

Le desenrollé la toalla, ya estaba empalmado. Empecé a meneársela, y se me ocurrió una maldad.

– Siéntate en la cama mirando la ventana y disimuladamente me dice si la ves. –Le dije a Carlos-.

– Perfectamente –me contestó al poco tiempo-, sigue con los prismáticos mirando para nosotros. Cámbiate a este lado para que pueda ver la mamada.

– Tú sigue mirándola y me cuentas si hay alguna novedad.

Le bajé el prepucio a Carlos, le salía líquido preseminal, tenía el capullo brillante. Le fui dando lengua desde el capullo hasta los huevos y a la inversa varias veces, finalmente me metí su polla en la boca y empecé el sube y baja con la cabeza, sin dejar de sobarle los huevos. Me la saqué de la boca y me metí primero un huevo y luego el otro, tirando de ellos suavemente.

– Me parece que la muchacha se ha animado con tu trabajo y se está haciendo un dedo con la mano metida debajo del biquini. –Me dijo Carlos a los pocos minutos-.

– Hazme tú a mí un dedo también.

Levanté la cabeza y miré por la ventana. Allí estaba en lo que parecía ser un dormitorio. Estaba tan en su dedo que le dio igual que miráramos los dos hacia la ventana. Seguí comiéndole la polla a Carlos, que me estaba dando dedo sin parar.

– Se ha bajado la braga del biquini y está a saco. –Me retransmitía Carlos-. ¿Crees que nos habrá estado mirando estos días atrás?

– Seguramente, nos vería un día por casualidad y ya se aposta para echar la tarde. Túmbate que me la voy a meter mirando a la ventana.

Carlos se tumbó en la cama, le di la espalda y me metí su polla de cara a la ventana. Como casi siempre que lo hacíamos en esa postura, Carlos me cogió las manos y me las puso en la espalda cogiéndolas con una de sus manos, mientras que con la otra me daba cachetes en el culo, cada vez más fuertes. Yo movía el culo hacia adelante y hacia atrás, para notar más su polla en mi interior.

– Carlos, se está corriendo como una fiera, y yo me voy a correr también.

Tuve un largo e intenso orgasmo mirando a la chica, que había quedado desmadejada en la silla en la que estaba sentada. Carlos se corrió a la misma vez dentro de mí. Noté cada uno de los chorros de su corrida. Quedamos los dos tumbados en la cama.

– ¡Qué polvazo me has echado Antonia, se nota que la espectadora te había puesto cachonda!

– ¿Y a ti no? –Le pregunté-.

– A mí mucho, esa esta noche sueña con mi polla y con tu cuerpo.

– Como no tengo otra cosa mejor que hacer, me voy a dedicar a fisgonear en su vida.

– Ya me contarás que sucios secretos descubres.

– Si los descubro, no te preocupes que te los contaré.

Esa misma tarde fui a comprar una cámara de video con un buen objetivo y un trípode con mando a distancia, para poder manejar la cámara desde el ordenador. Me gasté un dinero, pero estaba segura de que le iba a sacar partido, aun cuando en ese momento no sabía todavía cuanto. Monté el tinglado en el salón, conectando la cámara al ordenador para poder seguir en directo lo que se veía y decidir si lo grababa o no. Había montado el mismo tinglado que en la película “la ventana indiscreta”, pero con tecnología actualizada.

Esa misma noche, sobre las once, monté mi primera observación. Hasta enfocar la habitación de la chica, tuve que hacer un cierto barrido por la zona, obteniendo una primera conclusión: no éramos Carlos y yo los únicos que andábamos en pelotas por su casa, la costumbre parecía bastante extendida, debíamos estar muchos nudistas exiliados viviendo en esa urbanización textil.

Cuando di por fin con la habitación de la chica, ella no debía estar ya que la luz estaba apagada. Seguí la observación por las ventanas que debían pertenecer al mismo apartamento. En la siguiente ventana si había luz. Un chico de unos dieciocho años estaba frente a un monitor, supuse que sería hermano de la mirona. Al principio creí que estaba jugando con la consola, pero cuando me fijé un poco más, no estaba jugando con la consola, estaba jugando con su polla. Se la estaba cascando de lo lindo, debía estar viendo porno y animándose sólo. De pronto el chaval se la guardó a toda prisa y tocó el teclado. Se abrió la puerta de la habitación y entró la mirona. Cruzaron algunas palabras, la mirona salió de la habitación y cerró la puerta. Pobre chaval, le habían jodido el pajote que se estaba haciendo.

Volví atrás a la habitación de la mirona, pero seguía apagada. Avancé de nuevo, el chico estaba sin actividad aparente, continué la inspección, la siguiente ventana debía ser la habitación de los padres. Una mujer un poco más joven que yo, rubia, más o menos de mi altura y de tetas muy generosas estaba desnuda sentada en la cama, hablando por el móvil, debía ser la madre de los chavales. Por los gestos que hacía parecía estar discutiendo, hasta que en un momento determinado, dejó de hablar y tiró el móvil sobre la cama. Estuvo un rato sin moverse, hasta que se levantó, fue hacia la puerta a poner la condena de la cerradura y volvió a la cama esta vez a acostarse. De un cajón de la mesilla de noche sacó un consolador de buen tamaño y un bote que debía ser de lubricante con cuyo contenido untó el consolador y se untó el chocho y empezó el mete y saca. ¡Joder que familia de empajillados, pero que comían que estaban todos salidos!

Dejé el espectáculo y me fui a la cama un tanto caliente. Carlos estaba dormido, mañana le contaría las cosas de los vecinos. No me podía dormir y empecé a hacerme un dedo, realmente me había calentado el hacer de mirona. Al poco Carlos abrió un ojo y me vio con lo que estaba.

– ¿Antonia, que haces, que no tienes quince años?

– Ver a la familia pajillera de la mirona, me ha puesto como una moto, ¿te apetece uno rapidito y te voy contando lo que he visto?

– Vale, pero hoy trabajas tú.

– Pero bueno, si trabajo yo casi siempre.

– No protestes o sigues con el dedo, anda dame un meneo para que termine de animarse.

Me senté sobre sus piernas y empecé a meneársela y a sobarle los huevos.

– Parecen ser tres en la familia, la mirona pajillera, un hermano más o menos de la misma edad, igual son mellizos, tan pajillero como la hermana, que debe animarse con porno profesional, no aficionado como el nuestro, al que la hermana le ha jodido la paja y una madre, bastante buenorra, que se estaba metiendo un consolador como la catedral de Burgos.

– ¡Joder con la familia!

– Eso he pensado yo, que algo de lo que coman o de lo que beban les debe poner calientes.

La polla de Carlos ya estaba lista, así que me la metí hasta el fondo. Carlos me sobaba las tetas, mientras yo, apoyada en su pecho, subía y bajaba el culo. Los pajilleros me habían puesto tan caliente, que me corrí en dos minutos, tumbándome después al lado de Carlos.

– ¿No pensarás dejarme así? ¡Coño que me has despertado para follar!

– Error de apreciación Carlos. Te has despertado y yo te he follado. Ahora tengo mucho sueño, así que si quieres ya terminas tú solito y si no, mañana por la mañana.

– Me voy a ir con la madre de la mirona, que seguro que me recibe con las piernas abiertas.

– Prueba con la mirona, que seguro también recibe con cariño.

– Me las vas a pagar …

Yo ya no escuché más monsergas y me quedé frita. Cuando desperté, Carlos ya no estaba en la cama. Fui al salón y allí estaba mirando el monitor del ordenador.

– ¿Qué pasa no has podido dormir bien con el calentón de anoche?

– Pues no, pero esto está muy animado. Ha llegado una mujer que debe venir a limpiar algún apartamento. Ha buscado al conserje negro y se han marchado los dos juntos. He pensado que iría a abrirle el apartamento que fuera. Después he oído levantar una persiana, me ha dado curiosidad y he venido a curiosear y mira lo que le ha abierto.

Miré el monitor por detrás de Carlos y una mujer en cuclillas le estaba comiendo el nabo a un negro con verdadera pasión. Estaban en el salón del apartamento. La mujer tendría unos cuarenta y cinco años, morena, más bien rellenita con unas tetas enormes. El negro tendría más o menos su edad, con una polla gorda y larga simplemente descomunal.

– Vaya el nabo del conserje. –Le dije a Carlos-. Voy a tener que decirle que me haga alguna chapuza en casa.

El negro le quitó la camiseta a la mujer, las tetas de ella también eran descomunales, luego le soltó el sujetador y le cayeron casi hasta el ombligo. Ella seguía encelada con el nabo y los huevos de él. Le bajó del todo los pantalones y ella se incorporó un poco para poder quitárselos también. Se quedaron los dos en pelotas. Él la levantó y la puso boca arriba con el culo en el reposabrazos del sofá y metió la cabeza entre sus piernas. Ella tenía el chocho con bastante pelo. Estuvieron así un rato. Carlos tenía una erección de caballo, me agaché por detrás de él y empecé a sobarle la polla.

– Tendrás que reconocer que lo de los negros es otra dimensión. –Le dije mientras lo pajeaba-.

– Ese hombre no tiene una polla, lo que tiene es un problema.

– ¡Vamos que no te gustaría a ti tener un problema parecido!

– No, porque yo quiero mi polla para follarte a ti y con una cosa así no me dejarías.

Ahora ella se había levantado y se había recostado boca abajo en el reposabrazos con el culo levantado para que el la penetrara por detrás. El negro le metió sólo parte del nabo y empezó a bombear a un ritmo infernal. Yo aceleré el ritmo sobre la polla de Carlos. Escuchamos un auténtico aullido procedente del apartamento del lío y luego vimos como el negro se la sacaba y se corría sobre el culo y la espalda de ella. “Sigue, sigue, más rápido, que me corro” dijo Carlos y se corrió dejando el suelo encharcado.

– Esto lo limpias tú o le dices a la mujer que venga a limpiarlo. –Le dije-

– Sí y le digo que se traiga al negro, para que te haga compañía.

– Yo para que quiero un camión, teniendo un utilitario.

– ¡Qué chistosa estás!

Se vistieron los dos, el conserje se fue y ella empezó a limpiar el apartamento cantando a pleno pulmón por Rocío Jurado. Luego me enteré de que al conserje lo llamaban Pepe. Cuando me iba a la playa y Carlos me miraba desde la terraza, me quitaba el pareo quedándome sólo con el biquini, y entablaba conversación con él sobre cualquier cosa, poniendo mis mejores poses, hasta que a Pepe se le empezaba a notar el bulto. Carlos se cogía unos cabreos de cuidado y me llamaba calientapollas, pero yo me lo pasaba en grande.

Estuvimos unos días siguiendo las andanzas de la limpiadora y el conserje y, era matemático, apartamento que limpiaba, follada que se pegaba con el conserje. Si limpiaba uno por la mañana y otro por la tarde, pues dos folladas que caían ese día.

Un día le pregunté si podía venir alguien a limpiar el apartamento, esperando que me mandase a la mujer de marras, para cachondearme un poquito de Carlos, me respondió que se lo diría a su esposa, Pepi, y me mandó a la que ya conocíamos. Eran pareja y debía ser que les daba vicio follar en todos los apartamentos de la urbanización.

El día que vino Pepi a darle un repaso al apartamento, nos fuimos los dos a la playa. A los quince minutos le dije a Carlos que se me había olvidado el protector solar y regresé al apartamento a buscarlo. Por supuesto me lo había olvidado a posta para pillarlos en faena. Abrí la puerta muy silenciosamente y allí estaban los dos enganchados. Ella le estaba haciendo una cubana, tetas y nabo tenían como para hartarse. La polla de Pepe de cerca y en directo era una de las cosas más bonitas que ha visto en mi vida. Entre veinticinco y treinta centímetros, gorda, aun cuando no lo parecía tanto por la longitud, negra como el tizón y tiesa como un palo. Vamos, que si no está Pepi desde luego que me la como. Hice un poco de teatro.

– ¿Pero bueno, que pasa aquí?

Los pobres se subieron la ropa o se taparon como pudieron.

– Perdone señora, pero no la esperábamos tan pronto –dijo Pepi-.

– ¿Pero es que no tienen ustedes casa dónde hacer esas cosas?

– Ese es el problema señora. Casa si tenemos, pero están nuestros tres hijos, los padres de Pepi y dos hermanos míos. Como usted entenderá no hay forma de tener intimidad. Un día se nos ocurrió aprovechar cuando Pepi va a limpiar un apartamento, para poder tener relaciones y en esas estábamos cuando usted ha llegado.

– Por favor, entiéndanos. Yo soy una mujer muy caliente y con lo que tengo en casa –y señaló la polla de Pepe-, no puedo estar ni un día sin hacerlo. Nosotros no le hacemos daño a nadie. El tiempo que tardamos no lo cobro y después limpio con muchas más ganas.

Me estaban dando mucha ternura los dos pobres. No lo hacían por vicio, sino por necesidad. Cogí el protector solar y al salir les dije:

– Por mí terminar lo que habíais empezado, pero luego que no se note nada.

Cuando regresé a la playa le comenté a Carlos que los había pillado en faena y la explicación que los pobres me habían dado. Lo que no le comenté fue lo del pollón de Pepe, no quería acomplejarlo.

Durante varios días no vimos a nuestra amiga la mirona ni al resto de su familia, pensamos que se habrían ido. Lamenté que no iba a sacarle todo el partido que esperaba a la cámara. Yo no soy una mirona, salvo que primero me hayan estado mirando a mí. Lo de Pepe y Pepi fue una curiosidad, como otra, bastante más desagradable, que nos sucedió durante esos días.

Varios de los apartamentos de la urbanización estaban en venta, aun cuando la mayoría se veían habitados, imagino que por turistas. Me di cuenta que a uno de ellos, que parecía deshabitado, le quitó un hombre como de treinta y tantos años el cartel de venta la tarde de un viernes. Qué suerte, pensé, uno que ha logrado vender. Al poco tiempo apareció una chica más joven que él, aparentaba unos veinticinco. Él le dio unas instrucciones en la terraza y la chica se puso a barrerla y ordenarla con muy malos modos. ¡Vaya, pensé, no estrenan estos el apartamento con buen pié! No volví a verlos hasta el sábado por la mañana. Él estaba sentado en la terraza y ella le traía las cosas del desayuno. Cada vez que ella ponía algo en la mesa, él le daba una sobada de culo de cuidado y ella le golpeaba la mano para que dejara de sobarla. La noche del sábado Carlos y yo volvimos tarde de cenar, oímos ruido en su terraza y miramos, daba toda la impresión de que la chica estaba de rodillas haciéndole una mamada. Parecía que habían arreglado las cosas, hasta que la chica se levantó desnuda y le escupió directamente. ¡Joder, que relación más difícil tenían entre ellos! El domingo no los vi, pero el lunes, que me levanté muy temprano, vi como el hombre volvía a poner un cartel de “se vende” y cerraba todas las persianas del apartamento. Qué fracaso de compra, pensé y ahí quedó la cosa.

Durante esa semana me fijé en el cartel, era de esos que tienen la cara del agente inmobiliario y aunque son fotos con mucho trucaje, me dio un aire al hombre que había estado el fin de semana. Al siguiente viernes por la tarde, volví a ver al mismo hombre quitando otra vez el cartel de venta. Esta vez me fijé bien y era el mismo de la cara del cartel. La ocasión ya invitaba a hacerle un seguimiento más profesional, así que dispuse la cámara mirando hacia ese apartamento. Ya casi de noche apareció en la terraza una chica, la observé bien y no era la misma de la semana anterior, aunque más o menos tenía las mismas características. Él le volvió a dar unas instrucciones y la chica con iguales malos modos que la otra empezó a barrer y a ordenar la terraza. Esa noche tuvieron una fuerte discusión que pude ver con la cámara y oír por las voces que se estaban dando.

– ¡Tú lo que eres es un cabrón! –le gritó la chica en un momento determinado-. ¿Pero tú te crees que por la mierda de comisión que me pagas, me voy a llevar el fin de semana follando y a tu servicio?

– No será tan mierda la comisión, cuando no te vas. –Le contestó él-.

– Eres un auténtico cerdo, fichas siempre al mismo tipo de chica y te las traes aquí o a cualquier otro apartamento en venta a pasártelas por la piedra, si quieren cobrar después de una venta. Ya me lo habían dicho, pero no me creía que pudieras ser tan hijo de puta. ¿Esto lo sabe tu mujer?

El tío, desde luego, era un hijo de puta de mucho cuidado. Tenía montado un tinglado realmente indecente. Escogía a chicas jovencitas para ponerlas como agentes, ellas captaban a los clientes y hacían las ventas y para pagarles la comisión que tuviesen pactada, se las beneficiaba primero en cualquiera de los apartamentos de los que tenía las llaves. Posiblemente luego las despediría y a otra cosa mariposa. Desgraciadamente, ahora lo que sobra son chichas monas en paro y locas por ser comerciales de cualquier cosa. Eso explicaba bastante bien lo del otro fin de semana.

– Deja a mi mujer, que está muy bien a quinientos kilómetros de aquí y sin enterarse de nada. ¿Pero por qué me montas este poyo? Echamos dos polvos el fin de semana y todos tan contentos.

– Los polvos se los vas a echar a tu puta madre, a mí no, desde luego. Aquí te quedas y nos veremos en los juzgados.

– ¡Qué miedo me da, no vas a cobrar hasta que te folle y entonces ya veremos!

Estábamos grabando toda la escena y el tío cerdo se iba a acordar de ese día. La chica salió corriendo de la terraza y yo salí corriendo detrás de ella. La alcancé cuando estaba saliendo de la urbanización, iba hecha un manojo de nervios.

– Tranquilízate, mi nombre es Antonia y he estado viendo y oyendo la discusión que has tenido. Ven conmigo y vemos que podemos hacer para que ese hijo de puta la pague.

– Déjame, por favor, lo que quiero es irme.

– Si ahora te vas se lo va a seguir haciendo a otras chicas y, además, te vas a quedar sin cobrar. ¿A qué no tienes contrato?

– No, me lo ha ido retrasando, hoy decía que lo íbamos a firmar.

– ¿Cómo te llamas?

– María.

– Ven conmigo María, estoy aquí en un apartamento con mi pareja, que también ha visto y oído lo que ha pasado.

Finalmente cedió y me acompañó al apartamento. Cuando entramos se la presenté a Carlos, que le dio una infusión de tila, para que se tranquilizara. La chica era muy mona, morena con el pelo teñido de negro, corto y lacio y buena figura. Llevaba un vestido blanco corto y entallado.

– El muy hijo de puta les hace lo mismo a todas las mujeres que trabajamos para él. Me lo habían dicho, pero no había querido creerlo. Después de una venta te dice que hay que celebrarla y te cita en cualquier apartamento en venta, supuestamente porque te lo va a asignar para venderlo. Cuando llegas, sin la más mínima vergüenza, te dice que o follas o no cobras y estás en la puta calle.

– Pues tú hoy has tenido mucha suerte. Mira y escucha.

Carlos le puso la grabación de la bronca que habían tenido en la que, además de verse, se oía todo lo que se habían dicho.

– Cuando empezó la discusión pusimos la cámara a grabar, la cosa daba muy mala espina. –Le dije-. Con esto tienes al tío y a la comisión, pero la cosa hay que dejarla liquidada ahora.

– ¿Y qué puedo hacer? –Dijo María llorando-.

– Por lo pronto dejar de llorar –le dije-. Vas a volver al apartamento, le dices que te hace mucha falta el dinero y le preguntas por las condiciones concretas. Nosotros seguiremos grabando y si hiciera falta iríamos para allá. Cuando sepa que ha sido grabado todo, se vendrá abajo y le dices que te pague en ese momento.

– Pero yo no quiero volver allí.

– Pues entonces despídete del trabajo y del dinero y el tío hijo de puta le seguirá haciendo lo mismo a otras chicas.

Finalmente conseguimos convencerla para que volviera al apartamento.

– Tienes que salir con él a la terraza, dices que tienes calor o lo que se te ocurra, pero tiene que ser en la terraza para que podamos grabar. –Le insistió Carlos-. Cuando tengamos suficiente material encenderemos la luz de la terraza.

Al rato aparecieron los dos en la terraza. El tío estaba completamente confiado de su victoria con la vuelta de María.

– Me alegra que te lo hayas pensado mejor.

– Todavía me lo estoy pensando, pero es que necesito ese dinero para poder pagar el alquiler y seguir viviendo. ¿Cuáles son tus condiciones exactamente?

– Muy fáciles, tú te haces la simpática, echamos un par de polvos o si te pones muy aprensiva me la mamas un par de veces a lo largo del fin de semana y yo te pago tu comisión, además de hacerte feliz.

– ¿Y si no hay trato?

– Pues te vas sin cobrar y no vuelvas el lunes por la oficina. Putitas como tú me sobran.

Con eso y lo ya grabado teníamos suficiente material para hundirle la vida al hijo de puta. Encendimos la luz de la terraza y salimos. María al vernos se tranquilizó y le dijo:

– ¿Quieres repetirlo para esos amigos que te han estado grabando? –Y señaló hacia nuestra terraza-.

El individuo nos miró y nosotros le hicimos un gesto afirmativo con la cabeza y le enseñamos la cámara de video.

– Págame lo que me debes ahora mismo –le dijo María-.

– Un momento, tenemos que hablar –le contestó él-.

– No hay nada que hablar, págame y me voy.

El tío como primera medida dejó de hablar y se metió para dentro. Carlos y yo decidimos ir al apartamento. Llamamos y nos abrió bastante violento.

– ¿Vosotros quién coño sois? –Nos preguntó al abrir-.

– Los que te han pillado, tío cerdo –le contesté, mientras María entraba también al salón desde la terraza-. Tenemos grabado en video todo lo que ha pasado esta noche, material bastante como para arruinarte la vida. Así que págale lo que debes a María y lárgate de aquí.

– No sin la grabación.

– Vas a pagarle y te vas a ir sin la grabación. Cuando le pagues, nosotros se la daremos a María y que ella vea lo que quiere hacer. Si no le pagas ahora mismo, te aseguro que mañana está en un juzgado y en la inspección de trabajo.

El individuo se vino abajo, sacó un fajo de billetes y le dio una parte a María.

– Ahora lárgate que no quiero convivir con un tío tan cerdo. Y si yo me enterase que continúas con la misma práctica, se te va a caer el poco pelo que tienes.

La situación me había puesto muy tensa, pero no me había quedado más remedio. Nos fuimos los tres, mientras él bajaba las persianas.

– Ven a casa que nos vamos a tomar una copa para celebrarlo. –Le dije a María-.

– No sé como agradeceros lo que habéis por mí, sin conocerme de nada.

– Lo de ese tío no se podía dejar pasar.

Le grabamos el video en un lápiz de memoria y yo, por supuesto, me quedé con el original. María se tomo una copa, nos intercambiamos los números de teléfono y se marchó sin parar de darnos las gracias.

Después del incidente de María pasamos varios días tranquilos con nuestra rutina habitual. Algunas veces hablamos de acercarnos una noche a alguno de los clubs de intercambio que hay en la zona, pero nos da un poco de pereza ese ambiente con los años que tenemos ya los dos.

Sin embargo, la cosa se animó cuando una mañana en la playa me encontré con nuestra amiga la mirona. Me imaginé que habían vuelto. Estaba en la zona mixta textil-nudista sin la parte de arriba del biquini. Era guapa la chica, tenía unas tetas más grandes que pequeñas para su edad y un tipo propio de una chica de dieciocho o veinte años, tenía la piel muy blanca, aunque ella estaba ya morena del tiempo que llevaría de vacaciones.

Pase por delante de ella para que me viera, ella me conocería perfectamente y creería que yo no la conocía. Decidí ponerme como a unos diez metros de ella, me desnudé y me senté a tomar el sol. Como a los quince minutos inicié una primera escaramuza, me acerqué a ella y le pedí si podía ponerme crema protectora en la espalda.

– Por supuesto –me contestó con un acento extranjero bastante duro-.

Le pasé el bote, comentándole que tal y como estaba el día, si no te ponías protector, te quemabas seguro.

– Tienes razón, pero a mí se me olvidó, te importaría prestármelo. –Me dijo mientras me ponía crema por la espalda y peligrosamente cerca de mis tetas-.

– Claro que no, coge la que quieras.

Una vez que me embadurnó bien la espalda y los laterales, cogió crema y se untó la barriga y las tetas de forma muy sensual, para después pedirme que le pusiera yo también por la espalda. Cosa que hice acercándome también peligrosamente a sus tetas y su culo.

– No me he presentado, me llamo Antonia.

– Yo, Daniela.

– ¿De dónde eres, si no es indiscreción?

– De Rusia, bastante lejos de aquí.

– ¿Estás veraneando en España con tu familia?

– Más o menos, estoy veraneando con una tutora perfeccionando el español –me contestó-.

De modo que al menos ella y la mujer madura del consolador no eran familia. Seguimos charlando un poco. Cuando me iba a volver a mi toalla vi que en su bolsa de playa tenía un bote de protección solar. Así que Daniela quería jugar un poquito.

– ¿No haces nudismo, con el cuerpo tan bello que tienes? –Le pregunté-.

– Iba a hacerlo, pero me he dado cuenta que todos los que lo hacéis vais depilados y yo no lo estoy. –Me contestó riéndose-.

– Bueno, tampoco es una norma, se ve de todo.

– A mí me gusta mucho como lo llevas tú. –Estaba claro que Daniela quería tonteo-.

– Pero si lo llevo sin un pelo, ayer mismo nos depilamos mi pareja y yo. Si lo quieres así depilado, no se te ocurra usar crema depilatoria que te hará daño, utiliza cuchillas o depiladora eléctrica, que hacen menos daño. Si quieres te presto la mía.

– Te lo agradecería, porque no tengo aquí y la cuchilla me da algo de miedo.

– ¿Dónde estás viviendo? –Le pregunté haciéndome la loca-.

– En la urbanización que está justo detrás.

– Ah, pues yo también, si quieres cuando subamos te la presto.

– Muchas gracias, Antonia.

Si Daniela quería guerra conmigo, la iba a tener. Seguimos charlando un rato y a media mañana nos subimos. Cuando llegamos subí, cogí la maquina y se la di, quedando que ya me la devolvería en la playa al día siguiente.

– ¿Dónde ibas con la depiladora? –Me preguntó Carlos cuando volví a subir-.

– A prestársela a la mirona, que por cierto es rusa, se llama Daniela y está perfeccionando el español con una tutora.

– ¿Coño y cómo es que ahora la conoces tanto?

Le conté a Carlos el encuentro en la playa, dándole mucho aire a que parecía que Daniela quería rollito conmigo.

– Antonia eres una depredadora sexual, pero yo creo que te está utilizando para llegar hasta mí y mi polla. La ha visto en acción y ha caído rendida.

– Mira Carlos, si la chica lo que quiere es polla, mejor le presento a Pepe y que se harte.

– ¡Qué desagradable eres cuando quieres! –Me contestó y salió a la terraza-.

Lógicamente volví a montar la cámara y el tinglado, enfocándola a la habitación de Daniela. No tardó ni cinco minutos en aparecer en su habitación, sacó la depiladora de la caja, se quitó la braga del biquini, se abrió de piernas sobre una toalla y empezó a depilarse. Realmente le hacía falta un trabajito, porque tenía un buen pelucón de vello oscuro. A mitad del trabajo abrió la puerta la que ahora sabía que era la tutora, llevaba un biquini blanco que la hacía muy deseable. Daniela siguió con su depilación mientras hablaba con ella. La tutora se sentó a su lado en la cama, hasta que Daniela le ofreció la maquina y la tutora siguió depilándole las partes más difíciles para una misma. Cuando terminó, se quitó la braga del biquini y empezó a depilarse a sí misma. También le hacía falta un buen trabajo de peluquería íntima. Al final las dos se quedaron como muñecas y seguían hablando mientras se miraban como habían quedado sus chochos. Qué buena sesión de peluquería se habían dado.

Pero ahí no quedó la cosa. La tutora se puso las bragas del biquini y salió llevándose la maquinilla. Desplacé la cámara hacia la habitación contigua y allí estaba el chico jugando a la consola. Entró la tutora muy decidida, le dijo algo, el chico dejó de jugar, se bajó el bañador y se tumbó en la cama sobre una toalla. También estaba necesitado de cuidados de peluquería íntima. La tutora no se lo pensó dos veces y le metió la maquina desde la parte baja del vientre hacia abajo. Como no podía ser de otra forma, con el ataque que le estaba haciendo la tutora en sus bajos y las hormonas de la edad, el chico se empalmó en menos de un minuto. La tutora, sin cortarse un pelo, le dio una guantada en el nabo, que supuso de inmediato la vuelta del chico a la flacidez más absoluta. Terminó la tutora el trabajo y el chico quedó bastante más favorecido, parecía que el nabo le había crecido al menos cinco centímetros. El chico se miró en el espejo e hizo gestos de que le gustaba mucho su nuevo estado. La tutora salió de la habitación y le devolvió la maquina a Daniela. Espero que me la limpiasen bien, porque había tenido su buen trabajo.

A mí tanta sesión de peluquería íntima y de manoseo me había puesto bien calentita, pero preferí esperar a la tarde, para que Daniela nos viese bien. Le conté la sesión a Carlos, que me preguntó si la había grabado, le dije que sí y quiso ir a verla de inmediato, me negué diciéndole que la veríamos a la hora de siesta, antes de follar.

Salimos a comer fuera, a la vuelta al apartamento, primero vimos la sesión de peluquería en el salón, que puso a Carlos con un buen pollón, y después enfoqué la cámara a la habitación de Daniela. Allí estaba, sin la braga del biquini y con los prismáticos en la mano.

– Hoy quiero que me hagas un completo y que la mirona lo vea bien. –Le dije a Carlos-. Si triunfas yo creo que puede haber lío con la rusita.

La zanahoria de la rusita hizo que Carlos cumpliera como un campeón. Hicimos todo lo que se puede hacer encima de una cama, al lado de la cama y a los pies de la cama. No lo voy a contar, que todavía quedan muchas cosas en este relato y si no va a ser demasiado largo. Baste decir que tuve tres orgasmos, uno gracias a la lengua, otro gracias a la polla y otro gracias a los dedos. Ni que decir tiene que Daniela no perdió detalle. Cuando vi el video de la sesión, la tía tuvo, al menos, dos orgasmos, los dos gracias a sus dedos.

Al día siguiente volví a coincidir con Daniela. Carlos me acompañó esa mañana. Fuimos dando un paseo por la playa los dos desnudos, cuando la vimos estaba junto al chico que vivía en su mismo apartamento, ambos también desnudos tumbados tomando el sol. Nos acercamos a ellos.

– Hola Daniela. Mira te presento a Carlos, mi pareja.

– Hola Antonia, encantada de conocerte Carlos. –Dijo dándonos dos besos a cada uno, los de Carlos especialmente cerca de las comisuras, y echándole una mirada de arriba a abajo-. Os presento a Vladimir, mi compañero de apartamento.

Carlos se tumbó un poco retirado de nosotras, que comenzamos a charlar, sin que Daniela le quitara ojo a la polla de Carlos y yo a la de Vladimir. De cerca Vladimir ganaba bastante, era guapo y tenía un cuerpo joven, relativamente musculado y moreno de tomar el sol, a ambos se les notaba la marca del bañador, debía ser la primera vez que hacían nudismo.

– Toma, te devuelvo la depiladora, como ves ha hecho perfectamente su trabajo. –Dijo mirándose el chocho-.

– Sí, estáis ambos muy bellos desnudos –le dije-.

Noté que Vladimir se estaba empezando a empalmar, cosa que les ocurre mucho a los jóvenes en las playas nudistas, a Carlos le podía pasar por delante Raquel Welch, que sin manoseo nada de nada. Se puso boca abajo para que no se le notase y yo decidí hacer una maldad.

– Vladimir si te pones boca abajo tienes que darte protector en las nalgas, que las tienes todavía muy blancas. No te preocupes que ya te unto yo. –Cogí una buena cantidad de protector y le unté las piernas, la espalda y el culo, que lo tenía durísimo, dándole un buen sobe. Debía tenerla ya como un leño doliéndole contra la toalla-.

– Gracias –me dijo el pobre casi sin salirle la voz del cuerpo-.

La situación era curiosa Carlos y yo ya bastante maduros con dos jovencitos sobre la veintena, que eran pura hormona, desnudos, calientes y deseando sexo como locos. Me daba un poco de reparo que fueran tan jóvenes, pero al menos ella no perdía la ocasión de mirarnos cuando Carlos y yo follábamos. Pensé que sería bueno prolongar la situación y además en un espacio interior.

– ¿Por qué no os venís hoy a comer? Carlos va a hacer arroz de marisco. –Les dije-.

Se miraron entre ellos, Carlos me miró como diciendo que le parecía bien la idea y la que se podía liar.

– Nos encanta el arroz de marisco –dijo Daniela en nombre de los dos- Estaremos muy gustosos de ir.

– Estupendo, pues os esperamos a las dos en nuestro apartamento. Carlos nos vamos, que empieza a hacer calor.

Nos despedimos hasta medio día. Cuando nos retiramos, Carlos me dijo:

– Has sido mala con el pobre Vladimir, lo tienes que haber dejado con la polla enterrada en la arena.

– Déjalo que es joven y no le pasa nada. Tenía el culo como una piedra, para comérselo vamos.

– Antonia, tú has reparado que podrían ser tus hijos o mis nietos.

– Por supuesto, pero yo sólo he lanzado el anzuelo, ahora ellos tendrán que picarlo, si quieren comida.

A las dos en punto estaban llamando a la puerta. Les abrí con un pareo casi transparente, sin nada debajo. Traían dos botellas de vino blanco y una botella de vodka, puse todo en el congelador. Si la idea de los chicos era emborracharnos a nosotros, iban listos.

– Como hace mucho calor en la terraza, vamos a comer en el salón con el aire acondicionado, ¿os parece? –Les dije-.

– Perfecto, como vosotros queráis –contestó Daniela-.

Daniela venía con una faldita muy corta blanca y camiseta de tirantas también blanca sin sujetador. Vladimir con pantalón corto blanco, niqui y sin calzoncillos, por cómo se le marcaba la polla. Vamos a subir el nivel, pensé.

– Nosotros cuando comemos dentro solemos comer desnudos, salvo que os m*****e a vosotros. –Les dije-.

– Por mi perfecto –dijo Daniela-, quiero integrarme más en el mundo naturista. ¿Y tú Vladimir?

– Sin problema, me está gustando esto del mundo naturista también.

Yo me quité el pareo, quedándome desnuda, Vladimir se quitó el pantalón y el niqui, en efecto no llevaba calzoncillos, y ya tenía la polla morcillona. Daniela se quitó la faldita, la camiseta y finalmente un tanga mínimo, también blanco. Aunque al principio me había dado un poco reparo, ahora me apetecía mucho follarme a esos dos yogurines, pero especialmente a Vladimir, con la carita de inocente que tenía y ese culo de piedra.

Carlos que había visto la escena de desnudarse desde la cocina, salió con el arroz en pelotas y con un delantal, diciendo:

– Qué bien que nos hayamos puesto todos cómodos y fresquitos. Antonia traes el vino, por favor. Sentaros, que se pasa el arroz.

Yo me senté frente a Daniela. Durante la comida cayeron las dos botellas de vino y la conversación se fue animando. Al parecer había agencias rusas que alquilaban pisos en determinadas zonas de España, desplazaban a una tutora y después ofrecían plazas a chicos que quisieran perfeccionar el idioma. Ellos llevaban allí casi un mes y regresaban a Rusia al día siguiente.

– ¿Qué es lo que más os ha gustado de vuestra estancia? –Les pregunté-.

– El ambiente liberal de la zona –dijo Daniela-. Me resulta muy curioso ver a la gente desnuda en la playa o en la calle. Las costumbres rusas no son así. Al principio me extrañó un poco, no sabía que venía a una zona naturista, pero luego me ha encantado.

– ¿Y a ti Vladimir? –Le pregunté dejando caer mi mano sobre su muslo-.

– La gente tan abierta, hospitalaria y natural. Y las mujeres tan guapas. –Respondió mirándome a los ojos-.

– Bueno las rusas también son muy guapas. –Dijo Carlos mirando a Daniela-.

Estaba segura de que Vladimir estaría empalmado, así que fui un poco mala.

– Vladimir, ¿te importaría traerte la botella de vodka del frigorífico?

Me miró con cara de no saber qué hacer, pero yo estaba por ponérselo difícil:

– Está en el segundo cajón del congelador.

El pobre, rojo como un tomate se levantó a por la botella y efectivamente estaba completamente empalmado, trató de taparse, pero no pensaba darle tregua.

– No te apures, eres muy joven y entendemos que estés así.

– Gracias por su comprensión –respondió todavía más colorado-.

– ¿Y tú Daniela, también eres de sangre caliente? –Le pregunte, mientras Vladimir iba a la cocina y volvía con la polla como un palo-.

– Mucho –me contestó-.

– Nosotros somos muy liberales, nos gusta tener relaciones sexuales con otras personas a las que les apetezca. ¿A ti te apetecería? –Le dije entrando a saco-.

– Por supuesto, me gustan los maduros y vosotros me gustáis mucho.

Cuando se sentó Vladimir, que ya estaba un poco bebido, le dije:

– Estábamos hablando de que Carlos y yo somos muy liberales, nos gusta tener relaciones…

– Lo he oído y a mí también me apetecería mucho hacerlo contigo.

Puse la mano sobre la polla de Vladimir y miré a Carlos indicándole que se fuera con Daniela al dormitorio. Carlos, que iba ya empalmado, la cogió de la mano, se levantaron juntos y se fueron.

– Debo decirte una cosa Antonia, tengo muy poca experiencia sexual.

Que tierno, pensé. Tenía dos posibilidades, tratar de prolongar que se corriese, pero eso estaba segura que no funcionaría con ese saco de hormonas, o por el contrario que se corriese a su ritmo y luego echar otro u otros, lo que con esa edad y esa calentura sería lo normal. Lo cogí de la mano y me lo llevé al sofá, lo senté y me senté encima de él mirándolo a la cara y con su polla contra mi barriga. Primero lo besé en la boca y luego metí su cabeza entre mis tetas, mientras lo masturbaba suavemente. Lo dejé que me sobara y me comiera las tetas un rato y luego llevé sus manos a mi culo, dándole yo a comer mis tetas y moviendo la barriga contra su polla.

– Me corro, me corro, me corro –dijo-.

Y, en efecto, se corrió con unos chorros que me hacían esperar un gran placer cuando lo dejara correrse dentro.

– Lo siento, pero estaba muy caliente y muy tenso.

– No tienes nada que sentir, vamos a la ducha y seguimos.

Lo levanté, seguía con la polla como un palo, había acertado en la estrategia, y fuimos a la ducha. Al pasar por la puerta del dormitorio, Carlos tenía a Daniela tumbada boca arriba, con las piernas totalmente abiertas, la flexibilidad de la juventud, y le estaba comiendo su coño de muñeca a base de bien.

Ya en la ducha enjaboné a Vladimir y le dije que él lo hiciera conmigo. Me estaba dando unos achuchones que me iba a dejar llena de morados.

– Más despacio, más sensual, más acariciando que pegando. –Le dije y mejoró sustancialmente su masaje-.

Yo lo que quería era sobar ese culo de piedra que tenía, así que metí su polla entre mis muslos y lo pegué a mí, para poder sobar a gusto, ¡qué barbaridad, era posiblemente el mejor culo que había tenido entre mis manos y he tenido bastantes! Le fui abriendo el culo para sobarle el ojete, cosa que me agradeció con un gemido, a la misma vez que movía los muslos haciéndole una paja. Él me sobaba también el culo y me besaba en la boca. Le di la vuelta y me puse en cuclillas para morderle ese culo que tenía. Después le volví a dar la vuelta y lo pegué a la pared de la ducha, me di la vuelta poniendo su polla entre mis nalgas, cogí sus manos, una la llevé a mis tetas y la otra a mi chocho, para que me masturbara. Yo hacía círculos con el culo sobre su polla para mantenerlo excitado. Volvió a gritar “me corro, me corro, me corro…” y se corrió sobre mi culo, mientras mantenía dos dedos metidos en mi coño. Yo estaba ya muy caliente, pero tendría que esperar a que estuviese repuesto. Volvimos a enjabonarnos y esta vez la polla de Vladimir dio muestras de agotamiento temporal. Nos secamos y volvimos al salón.

En el dormitorio Daniela y Carlos hacían un “69”, ella le comía la polla con ansia, esa chica tenía unas enormes ganas de polla, Carlos le sobaba el culo y le daba cachetes, sin separar la boca de su chocho. Daniela así iba a durar poco, si es que no se había corrido ya alguna vez.

Me tumbé en el sofá boca arriba, pensé que la mejor forma de volver a excitarlo era que me comiese el chocho, el olor de los fluidos femeninos es un detonante que no falla.

– Vladimir, cómeme el chocho –le dije-.

Se puso de rodillas y empezó a lamerme como si estuviera chupando un helado.

– Más suave, desde el ojete hasta el clítoris, centrándote en los dos y bésame la parte interior de los muslos

Mejoró su ejecución, de vez en cuando creía que tenía una batidora por lengua y tenía que frenarlo un poco. Terminé cogiendo su cabeza y moviéndola a mi antojo. Al poco tiempo tenía otra vez una erección considerable, el olor y el sabor íntimo de una mujer es el mejor afrodisiaco. Le dije que se tumbara en el sofá, me puse entre sus piernas y empecé a bajar por su cuerpo, primero besándole los pezones, después el ombligo, luego metí su polla entre mis tetas y le hice una cubana, seguí bajando y le fui chupando la polla hasta que me la metí entera en la boca. Él sólo gemía. Yo estaba como unas brasas. Me senté sobre él y me deje caer sobre su polla. Estaba dura como una piedra, cogí sus manos y las llevé a mi culo, mientras yo me sobaba el clítoris. Presentí que me iba a correr y quería que él se corriera conmigo, aceleré el ritmo hasta que noté que se iba a correr. Nos corrimos los dos juntos, me encantó sentir la fuerza de sus chorros en mi interior.

Nos relajamos los dos en el sofá. Al cabo de unos minutos escuché un grito agónico de Carlos, seguro que se había corrido. Carlos uno, Vladimir tres, lo que es la madurez. Deje a Vladimir en el sofá y fui al baño. Daniela me vio pasar, se levantó y se vino conmigo al baño. Me metí en la ducha y ella detrás de mí.

– ¿Qué tal os ha ido? –Le pregunté-.

– Fantástico, ha hecho que me corra tres veces. No pensaba que se pudiera sentir tanto placer. ¿Y con Vladimir?

– Bien, ha hecho un máster en una tarde.

– Me apetece hacerlo contigo –me dijo Daniela-.

– A mí también. Enjabóname, quiero sentir tus manos en mi cuerpo.

El culo de Daniela era casi tan duro como el de Vladimir y sus tetas me hacían daño en el pecho. La besé en la boca y ella me metió la lengua hasta la campanilla. La enjaboné cuidadosamente gozando cada rincón del fabuloso cuerpo que tenía. Me recosté sobre la pared y la fui bajando para que primero me comiera las tetas y después el chocho. ¡Qué diferencia con Vladimir, una mujer sabe comer a otra mejor que la mayoría de los hombres! La dejé hacer, me dio la vuelta y me comió el culo nerviosamente, le cogí la cabeza y le marqué el ritmo. No sé si me había vuelto a poner caliente o es que no había dejado de estarlo.

– Vamos al dormitorio –le dije-.

Nos secamos y le dije a Carlos que desalojara la cama, que si quería mirar se sentara en el sillón. Empezamos por un “69”, largo como una mala película, aquella chica segregaba fluidos como para llenar una piscina, después la puse a cuatro patas y le sobé el chocho con mis tetas. Le debió gustar, porque luego me lo hizo ella a mí. Carlos tenía otra vez una erección y se estaba haciendo una paja sin perder detalle. Por último, me tumbé sobre la cama, levanté el culo y abrí las piernas para que ella pusiera su coño sobre el mío. Estuvimos así un rato, hasta que nos corrimos las dos a la vez. Cuando miré a Carlos, se había vuelto a correr.

Eran las nueve de la noche y, desde luego, yo ya no podía más, si alguno quería seguir, pues allá él. Pero tampoco debían poder ellos, ya que Daniela y Vladimir se vistieron, nos besaron a Carlos y a mí, dejaron un papel con sus correos electrónicos, apuntaron los nuestros y se fueron.

Por la mañana Carlos me dijo:

– Antonia tu eres consciente de que ayer hicimos una gamberrada.

– No Carlos, ayer hicimos un máster acelerado para dos chicos que lo estaban deseando.

A los dos días, lógicamente de abstinencia sexual, me llamó María, la chica de la historia del tío cerdo.

– Hola Antonia, soy María, no sé si te acuerdas de mí.

– Claro María, como no me voy a acordar, ¿qué tal estás?

– Muy bien, he encontrado trabajo en otra inmobiliaria bastante más seria.

– Estupendo, ¿y el cerdo de tu exjefe?

– ¡A tomar por culo, le mandé el video a su mujer! Te llamaba porque quería invitaros a cenar en casa, para agradeceros lo que hicisteis por mí el otro día.

– No nos tienes que agradecer nada, pero aceptamos encantados.

Quedamos esa misma noche, ya que nos marchábamos en dos días. Vivía en una urbanización naturista relativamente próxima a la nuestra. Nos dio dos besos muy sentidos cuando llegamos al apartamento.

– El apartamento es de mis padres, me lo tienen cedido y yo les pago un alquiler cuando puedo.

– Pues está muy bien y la urbanización también. Nosotros tuvimos uno alquilado en esta urbanización unas navidades. –Le comenté-.

Viéndola ahora en otras circunstancias, la verdad es que era muy guapa, debía ser nudista porque iba vestida sólo con un pareo.

– Si nos hubieras dicho que eras nudista, nos habríamos arreglado para la ocasión. Nosotros también lo somos. –Dijo Carlos-.

– Pues entonces mejor, nos desnudamos todos y listo, la cena la tengo medio preparada en la terraza. –Contestó María-.

Desnuda la chica era un bombón, un cuerpo de pasar horas en el gimnasio, unas tetas medianas muy bien puestas, un culito respingón y el chochito completamente depilado. Salimos desnudos a la terraza, hacía una noche estupenda. María se había esmerado con la cena: jamón de Extremadura, gambas rojas, unos carabineros grandes y albariño. Había puesto una plancha en la terraza y así, mientras se preparaban las cosas, charlábamos. Me encanta el ambiente naturista, allí estábamos los tres desnudos, como si nos conociéramos de toda la vida.

– Eres muy joven para estar casada, ¿pero tienes novio? –Le pregunté-.

– Ahora no, lo tuve durante varios años, pero como me vine aquí a encontrar trabajo, pues se acabó.

– Bueno, seguro que no te faltan con lo guapa y apañada que eres.

– Gracias, ahora estoy bien así. Hoy uno y mañana otro. Yo decido.

– Muy bien planteado, hay que aprovechar los años de juventud.

– Bueno, os he invitado a cenar por dos motivos. El primero, lo que hicisteis por mí el otro día, lo cual no sé cómo agradecéroslo. El segundo es un poquito más enrevesado. La otra noche, cuando me pasasteis el video en el lápiz de memoria, al ir a grabarlo en mi ordenador, vi que había otros archivos…

– ¡Qué fallo! –Dijo Carlos y se le cambió la cara-.

– ¿Fallo por qué? –Contestó María- Soy muy aficionada a leer relatos eróticos y los vuestros me han dado muchos momentos felices. ¿Quién de los dos es “porecharelrato”?

– Los dos, unos los escribe Antonia y otros yo.

– Me encanta que seáis una pareja madura tan marrana.

– Bueno, no todo lo que sucede en los relatos es real, algunas cosas son producto de nuestra imaginación pervertida. –Le dije-. ¿Tú no escribes relatos?

– Me gustaría, pero me resulta muy difícil.

– Tienes que intentarlo, resulta muy divertido –dijo Carlos-. ¿Sobre qué temas te apetecería escribirlos?

– Como los vuestros, de intercambios, tríos y esas cosas. Mi ex y yo frecuentábamos algunos de los clubs de intercambio de la zona. Ahora como no tengo novio no me apetece ir sola ni con desconocidos.

María era una chica muy abierta que hablaba de sexo y de sus andanzas sexuales con mucha naturalidad y eso me gusta. Habíamos terminado de cenar y María propuso abrir una botella de champán, aceptamos y fue al frigorífico por ella.

– ¿Tú crees que querrá lío? –Me preguntó Carlos-.

– Yo creo que sí y a mí me apetece con ella.

– Y a mí, mira que lista.

Volvió con la botella y las copas y se la pasó a Carlos para que la abriera. Después se sentó en mis piernas.

– Os apetece que nos liemos, ahora que os he conocido, no os puedo dejar ir sin que me folle a “porecharelrato”.

– Por nosotros encantados –le contesté-.

Carlos sirvió las copas, brindamos y María me besó en la boca.

– ¡Eh, eh, eh Antonia, esto no va a terminar como la historia de los rusos! –Dijo Carlos-.

– ¿Qué historia es esa? –Preguntó María-.

– Una historia que nos ha sucedido hace unos días con una chica y un chico rusos muy jovencitos y muy calientes. –Contesté-. Te la contaremos, pero después.

– Por mí perfecto –dijo María y siguió besándome-.

Estuvimos un buen rato besándonos hasta que se acercó Carlos ya empalmado a abrazarnos a las dos.

– Vamos dentro que estaremos más cómodos –propuso María y nos fuimos los tres al dormitorio-.

Me apetecía comerle el coño a María, ella se tumbó boca arriba en la cama y yo metí la cabeza entre sus piernas. Carlos, primero la besó largamente en la boca y luego se puso sobre ella, dándole golpecitos con la polla en las tetas y metiéndosela entre ellas.

– Dejadme que ahora os chupe yo a vosotros –dijo María-.

Carlos se tumbó boca arriba en la cama, yo me puse a cuatro patas sobre él besándolo, mientras él me sobaba las tetas. María se puso a los pies de la cama y fue comiéndose alternativamente mi chocho y mi culo y la polla y el culo de Carlos, también me daba golpes en el culo y me metía dos dedos en el coño. Ella no paró de masturbarse durante todo el tiempo. La chica sabía muy bien lo que hacía, se notaba que tenía una amplia experiencia.

Después de un rato de chupar, se tumbó boca arriba en la cama y le pidió a Carlos que la follase. Yo le puse el chocho en la boca, mirando hacia sus pies para poder sobarle las tetas. Carlos le abrió las piernas, se las puso sobre sus hombros y le metió el nabo hasta los huevos. María empezó a gemir con fuerza, hasta que le dijo a Carlos que la follara más fuerte, que iba a correrse, lo que hizo sonoramente. Me puse a cuatro patas sobre María para seguir comiéndole el coño, Carlos se puso detrás de mí y después de meterle la polla en la boca a María me la metió de un tirón y empezó a bombear, primero despacio y después más rápido. Noté que me llegaba el orgasmo y caí derrotada sobre María, que estaba corriéndose de nuevo. Carlos le metió otra vez la polla en la boca, diciendo también que se corría, trató de retirarse pero María se lo impidió y se corrió en su boca.

Nos quedamos los tres en la cama descansando un rato y entonces me acordé que esos apartamentos tenían una enorme bañera redonda.

– ¿Os apetece que nos demos un baño? –Propuse-.

– ¡Qué buena idea Antonia! –Respondieron los dos a la misma vez-.

Carlos fue por la botella de champán y las copas y nosotras nos fuimos a llenar la bañera.

Estuvimos contándole a María las historias que nos habían sucedido en la urbanización ese verano y ella se desternilló con el caso de Pepe y Pepi. Terminé diciéndole a María:

– Si algo he echado de menos este verano, es no haberme follado a Pepe.

– Voy a buscarlo, me lo beneficio y te cuento. –Me contestó María y yo desde luego la creí-.

© porecharelrato

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